Cuentos bajo la almohada: octubre 2013

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domingo, 20 de octubre de 2013

Un barco sin nombre

UN BARCO SIN NOMBRE

Estuve corriendo durante una hora alrededor de la habitación.
Doce kilómetros a lo largo de un rectángulo de tres metros de largo por dos de ancho, y siempre perseguida por un sol decadente y artificial: el ojo taciturno de una bombilla, principal testigo de mi desolación.
  Extenuada, caí sobre el colchón, podrido en su base; ni el olor salobre y húmedo, ni la escasa iluminación, ni el aire viciado por mis olores corporales me molestaban ya. Había logrado adaptar lo que quedaba de mí a la letrina y el barreño que cada cierto tiempo llenaban de agua; también a las paredes forradas de madera carcomida, a las ratas, pareja con descendencia, y a las cucarachas, que acostumbradas a mi presencia, corrían con soltura y graciosa libertad. Todo aquello formaba parte de mí, (me gustara o no, a quién podía importarle eso), y no tenía más remedio que aceptar su rotunda presencia minuto tras minuto, después de haber dejado clavada en una esquina mi primer grito de desesperación.

  Creo que llevo secuestrada más de seis meses. Lo imagino por los periódicos que me pasan de vez en cuando, y por mi empecinamiento en apuntar cada día marcando una raya en la pared. Aunque esto lo comencé a hacer después de pasar mucho tiempo en la semiinconsciencia.
  Es imposible saber donde me encuentro. No pude ver nada cuando me cogieron. Vendaron mis ojos, amordazaron mi boca, me dieron un puñetazo en el estómago, y de ahí pasé a golpearme contra el suelo de lo que parecía una furgoneta. El trayecto duró mucho, quizá diez o doce horas, de las que apenas recuerdo un dolor sordo pero  incesante, mi sangre más espesa de lo normal, un mareo insoportable, y el traqueteo del vehículo. Distinguí tres voces diferentes; una de ellas era femenina. Al término del viaje, fui arrastrada y lanzada al suelo de esta habitación.
  Estuve vomitando durante una semana y media. Creo que también vomitaba mi miedo.
  El lugar al que me trajeron era un barco. De él nunca vi más que mi camarote, el cual fue golpeado una y otra vez por mi cuerpo enloquecido hasta el agotamiento. Nada ni nadie, fuera de mis secuestradores, podía oir mis gritos de auxilio. Aquellos días, la ansiedad me dominaba, hasta el punto extremo de no percibir mi propio cuerpo. Creía que saldría de él de un momento a otro. Estaba convencida de que moriría a fuerza de hiperventilarme. Y en el fondo, eso era lo que quería. Pero algo cuidaba de mí, e insistía en que luchara por salir de allí. Uno de ellos, Jorge se llamaba, trataba de calmarme diciéndome que mi secuestro no duraría mucho puesto que sólo pedían cinco millones de euros. Le dije que habían equivocado la persona, que mi familia no poseía tanto dinero, pero no me creía. Con lo cual, mi destino era una muerte segura, porque aquella suma jamás llegaría.
  Jorge era un hombre grueso, de unos treinta años, de ojos ratoniles y una larga barba áspera y negra. Sus maneras eran tosquísimas, tanto más cuando pretendía tratarme con delicadeza. Yo detestaba sus acercamientos y así se lo demostraba, pero él insistía en ser atento conmigo, no disimulando en nada su interés por mí. Cientos de veces me sorprendió llorando, cientos hablando en voz alta. Parecía espiarme; eso sí, con mucha timidez, pero me asqueaba. Me traía papel, lápices, libros y hasta un abanico para superar el asfixiante calor. Pero cada vez sentía más asco hacia él: asco su boca gruesa e indecisa; asco sus torpes manos, su mirada siempre indirecta; asco su olor; su repugnante intento de alegrarme la vida...¿qué vida? Ya era bastante mi condena como para además soportar tan gran hipocresía. Se lo dije. Le dije que por qué esa  nauseabunda compasión si iban a matarme. A qué los miramientos con alguien que trataban de vender. Le grité a la cara la clase de persona que era, él y los suyos, aunque jamás vi a nadie más. Por lo visto, aquel mastodonte estaba a mi cuidado.
  Finalmente, me rendí. El mastodonte me escuchó. Tenía algo en el pecho. Mi soledad era tan punzante que le hablé, me desahogué con él. En situaciones extremas el aislamiento te convierte en una bestia, y para no dar cabida a la locura, necesitas hablar con otro ser humano. Ese otro era Javier. Y él lo sabía. Me escuchó. Escucho mis lamentos, mi dolor, mi vacío, mis ansias de suicido, mi ansiedad, la miseria humana en que me habían convertido. Le conté cómo sajaron mi vida, le hablé de mi pasado, de mi trabajo como investigadora, de mi familia. Y le escupí otra vez mi desesperación, casi rogándole ayuda. El se quedó mirándome, con sus inexpresivos ojos medio ausentes. Parecía incapaz de decir nada. Tras un largo silencio me respondió que mi secuestro no iba a durar mucho más, que pronto caerían en la cuenta de que no era yo. Pero sombras negras cruzaban sus cejas. Creo que mentía, y que estaba convencido de que yo le mentía y que por tanto sí poseía todo aquel dinero. A fin de cuentas, habían trabajado mucho en mi secuestro; o al menos eso es lo que pude sonsacarle días después.

  Mis días, como cualquiera puede imaginarse, transcurrían con una lentitud exacerbante. Cuando los motores se apagaban oía el vaivén de las olas contra la cubierta. Entonces quería dormir, y dejarme ir en un sueño apacible del que no despertara nunca. El ondular del barco parecía haberse hecho uno con mi sangre. Incluso ahora, años después de esta pesadilla, lo sigo notando, más aún cuando estoy parada. Se metió en mis huesos. Marcó el ritmo, muchas veces lo digo, de mi corazón, así como mi mente quedó marcada para siempre con aquella experiencia.
  Adelgacé veinte kilos. Por rebeldía, y también por falta de apetito, tomaba un pequeño bocado, y el resto lo tiraba al suelo, rompiendo el plato. Por fortuna, mi vigilante, nunca me regañó o golpeó para que dejara de hacerlo. Tampoco dormía más de una o dos horas diarias. La inacción, mi encierro, había roto mis ritmos de sueño y mi apetito tanto como mi mente. Por ello mi agotamiento era extremo. Pasé días sin apenas moverme del suelo, que no de la cama, ya que caía de ella durante la noche, y no encontraba estímulo ni fuerzas mentales o físicas para moverme de allí. La apatía y la depresión se fueron apoderando de mi persona. El tiempo de la rebeldía había agotado todas sus fuerzas y el resultado era lo más parecido a una agonía mortal en la que mi cerebro iba aletargándose. Hasta el llanto cesó, dando paso a una indiferencia tan saturada de vacío que causaba angustia. Eso era lo que muchos han llamado angustia existencial: náusea vital.

  Entre mis horas de desolación Jorge transitaba con amagos de salvarme. Me incitaba a comer, me hablaba con suaves palabras esperanzadoras, e intentaba distraerme trayéndome absurdas cosas: un libro, una radio, un juego de cartas...Su compasión hacia mí crecía, yo lo notaba tras el velo pesado de mi desazón. Llegó a contarme el porqué de su incursión en aquella banda de desalmados. Su infancia fue desastrosa, llegando a huir de su hogar en la adolescencia. Su violencia comenzó con las drogas, de ahí al atraco, y desde entonces caía, cada vez más deprisa, hacia un agujero absorbente de destrucción del que se sentía incapaz de escapar.   Nunca imaginó que terminaría participando en un secuestro. Él tenía más miedo que yo. Miedo de sí mismo. Sus compañeros le convencieron de que aquello no era más que un tiempo de pequeña tortura para la víctima, y luego la liberación tras el dinero. Me habló del grupo. Inocentemente, me dejó claramente expuesto que sus colegas eran mucho más peligrosos que él, pues el asesinato no era plato que rechazaran. Incluso uno de ellos ya lo había practicado sin el menor remordimiento. Vislumbré a través de sus ojos el pánico a realizar mal su trabajo. Acaso le amenazaron si no cuidaba bien de que no escapase. Por lo visto me consideraban la gran pieza cazada de sus vidas. Pero yo iba conociendo su debilidad y eso abría ventanas de esperanzas, me hacía suspirar de felicidad imaginar que, de alguna manera, gracias a él, escaparía.  Gracias a él también supe que en pocos días todo aquello se resolvería. Que llegarían a un puerto donde esperaban los demás para resolver definitivamente mi situación... Ya no insistí más en que no obtendrían ni un céntimo por mí. Mi muerte, pensaba, era inminente. Tan solo rogaba porque fuera rápida, y no incluyera violaciones o torturas extra.
  Veía como me miraba. Un día tomo una cuerda y me ató fuertemente con ella la cintura. Luego me dijo que saliera de mi estancia para pasear por la cubierta y de ese modo recuperar algo de vitalidad. Me llevó como a un perrito, pero pude ver el sol, y sentirlo...Aquello, realmente, me dio nuevas fuerzas. Empecé a comer más. Y comencé a confiar en él. Le hablé de mis proyectos, de mi futuro ahora roto, de mis dos queridos hijos, de mi esposo, de lo feliz que era con él y de lo desesperado que estaría ahora. Sin embargo, aunque se compadecía de mí y deseaba ayudarme, algo en él controlaba sus emociones. Yo sabía que era el miedo.   Me repetía una y otra vez, como un autómata que nada me ocurriría. Pero su voz tenía un pequeño temblor que delataba su mentira.
  Dimos más paseos por la borda, y ya eran bastantes las horas que pasaba arriba, atada a (la barandilla del barco), recibiendo el vigorizante aliento del mar. Y ahora llega el momento que jamás podré borrar de mi mente. La duda que sajó mi pasado en dos. El antes de, y el después de.. aquello. Así ha quedado dividida mi vida. La ocasión de mi libertad se presentó. No pude apenas dudar, pero lo hice durante unos segundos que fueron eternos:
  Javier se puso a mi lado, y me dio la espalda. Aquella espalda que vuelve una y otra vez en mis pesadillas.     El mar respiraba tan cerca...justo debajo de nosotros, con su habitual y precioso secretismo abisal. ¿Qué podía hacer?, ¿Qué hubieras hecho tú? Sabía que tras aquella oportunidad no habría más. Dejar pasar aquel tren era decir adiós a mi vida, a mi familia. Era mi deber y así lo vi en aquel instante. Tomé la olla que me había acercado de comida y lo golpeé en la espalda. Aquello lo hizo caer por la borda. El barco seguía su viaje, rápido, impasible. Yo lo vi. Una punzada me atravesó el corazón. Su rostro asustado, sus brazos saliendo, sus chillidos...se perdieron en la lejanía. El sonido del viento en los mástiles, la estela blanca del barco que intentaba borrar los hechos, sus gritos tragados poco a poco por el mar, el quieto, absoluto y ardiente sol sobre mis lágrimas...todos aquellas sensaciones se amarraron a mí, y aun no me han soltado.
  No fue difícil desatar el nudo de mi cuerda. Me dirigí al timón. No tenia idea de navegación, pero instintivamente lo moví en la dirección contraria hasta notar un giro de más o menos ciento ochenta grados.
  Tras el impacto inicial, el anonadamiento que me duró un par de días, recobré mi lucidez y comencé a hacerme consciente de mi situación. Ante mí se abría la libertad. Lo había conseguido. Viviría.
  Estuve navegando muchos días, ni recuerdo cuántos. El alimentó se agotó y también el agua. A pesar de todo estaba fuerte. Asombrosamente fuerte y vital, por ello supe que hice lo correcto. Mi cuerpo respondía  por mi alma.
 Finalmente vislumbré tierra. Chocaría contra ella. Sería un choque gozoso. Al aproximarme a la extraña playa que me acogía, salté. Y nadé, con todas mis fuerzas, apresuradamente,  hacia el futuro.


***