Cuentos bajo la almohada: Quimera. Este jueves un relato

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miércoles, 3 de febrero de 2021

Quimera. Este jueves un relato

 Quimera: Monstruo fabuloso que se representa con cabeza de león, cuerpo de cabra y cola de dragón.

Texto inspirado en la idea de un ser fantástico o mitológico, ofrecida por nuestra compañera Mâg

                                                    

                                          UNA QUIMERA

 

  M. José pensaba que tenía un nombre demasiado común para lo que ella era. Le hubiera gustado más Naunet, Maat, o Nuit, pero se conformaba; así también con su rostro de escoba gastada, sus manos encallecidas y su imaginación capaz de transformar lo vulgar en jade.

  Se tocó la tripita. Sonrió con destellos solares en los dientes. Entonces notó un río inquieto que llamaba por la puerta inferior de su cuerpo. Lo dejó salir. En el hospital dijeron que aquel niño parecía más un cachorro de león que un bebé, peludo, peleón y rugidor como una noche de truenos. Mª José, con el corazón más tierno que una col de bruselas hervida en vino, se lo llevó dando gritillos de felicidad. Todos los días le afeitaba la carita para que no hablaran mal de él. A los tres años, al empezar la escuela, le brotó una cola encantadora de dragón. Pero la madre era consciente de que su gusto no era compartido, y hacía cuando podía por ocultarla bajo el pantalón, aunque a veces se escapara, sacándole la lengua a los niños más crueles. A los cuatro comenzaron a canviarle las uñas por pezuñas y su espalda buscaba con insistencia la curva cuadrúpeda. La feliz M.ª josé vio en su niño la más hermosa quimera imaginable, y llegó a la conclusión, que siendo ella virgen, su muchacho sólo podía haber sido el fruto de su platónico y quimérico amor con el dios Orus, al cúal le rindió su cándido corazón desde niña.

 Cuando al fin el pequeño caminaba a cuatro patas, lo disfrazó de extraño perro con carita de león, abrigado con un chalequito de lana, por lo que nadie notó nada cuando lo sacaba a pasear. Para sus ojos de obsidiana seguía siendo el niño más bello que había visto. Sin jamás pretenderlo, M.ª José, se fue ganando la animadversión del barrio; aquella rara mujer y su perro (con el agravante de la sospecha de haberse desecho del hijo) cada día era más despreciada, hasta el punto de que alguien colocó veneno en el trayecto que solían seguir aquellas patitas semihumanas junto a las de su diosa. Y cuando la mujer vió agonizar a su pequeño ser, decidió despedirse de todos. Guardó en una cajita que llevaba el ojo de Orus estampado, su mayor secreto: la criatura, tras cada comida, había estado excretando bolas de oro puro. Con él había transformado su chabola en palacio, pero eso no lo vieron hasta encontrar los cuerpos yacentes en el interior de una hermosísima y riquísima estancia en la que ambos semejaban verdaderos faraones embalsamados. Sobre la caja con los tesoros había un cartel bellamente escrito en papiro egipcio: “Dónese a los más pobres de este triste mundo”.

  Y así fue cómo apareció en mi buzón aquella maravillosa bolita dorada que parece el excremento de una cabra. Y si se mira bien, tiene hasta un mágico escarabajo incrustado. 

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