Cuentos bajo la almohada: Las llamadas del pánico

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miércoles, 17 de marzo de 2021

Las llamadas del pánico

Este jueves, Mag nos propone crear un relato inspirándonos en una de las cuatro escenas de esta casa. Se puede tomar, además, algún elemento de otra escena.

Como Poe es uno de mis cuentistas favoritos, no he querido ausentarme este jueves, aunque sólo sea un disparate lo que se me ha ocurrido.

Los demás relatos participantes, en el blog de Mag.

 

 

                                 LAS LLAMADAS DEL PÁNICO

 

Llevaba días y noches oyendo siniestros golpes en la puerta. A veces parecían golpes de nudillos; otros, sonaban como arañazos; y de vez en cuando, una feroz embestida parecía echar la puerta abajo. Desde que alquiló aquel ático, los espantosos sonidos eran continuos. Cuando abría, el vacío se burlaba de él. De la ventana también se escuchaban golpes, como si algún ave invisible chocara una y otra vez contra el cristal. Del espejo, igualmente, provenía un monótono martilleo de pájaro carpintero. Quitó el espejo más de una vez. No tenía vecinos. Pegó su oído a la pared. Cuando cesaba el ruido, se oía la voz de una mujer joven, cantando, como para sí misma, una melancólica canción. Para colmo, su propia esposa había desaparecido hacía un día. Debajo de él, desde el piso, también sonaban llamadas de aldaba, timbres y campanas. Y cuando dormía, unos dedos lo tocaban, lo empujaban, tiraban de sus manos con urgencia, como si quisieran levantarlo imperiosamente de la cama. Despertaba gritando, y todo desaparecía, salvo la cantinela triste tras el espejo. Ante el brillante cristal, su gato negro llevaba días sentado, maullando con amargura. Hasta que su blanda lengua lamió su reflejo. Entonces fue tragado por el espejo. Y el amo, que en ese momento lo acariciaba, también.

Ni un dios sería capaz de describir el escalofriante pavor que experimentó cuando, a oscuras se palpó a sí mismo, a su gato, y a su propia mujer aterrorizada, inmovilizados todos entre las dos paredes de la casa. Tenían el espacio mínimo para gritar. Y lo hicieron (maullido incluido). Pero mientras expresaban su terror, comprobaron que sus propias voces, al atravesar la pared sonaban por toda la casa como llamadas en la puerta, en el suelo o en el cristal. Al callar, su silencio se trasformaba en una canción lánguida, tristísima, agónica. Y cuando el hombre notó las palpitaciones ansiosas de su corazón desbocado por el miedo, comenzó a oír, al otro lado del muro, el rapidísimo sonido que hace un pájaro picapinos en la madera. Entonces se percató de que el espejo era el causante, no sólo de querer matarlos en vida, sino también de alterar sus voces de auxilio.

Pero a lo imprevisto, a veces, le gusta jugar... Los tres oyeron unos golpes en la puerta. Era el  avispado niño que vivía en el piso inferior, el cuál, harto de los ruidos, subió a investigar. Dio cinco golpes con sus nudillos. Al no oír respuesta, forzó hábilmente la cerradura y pasó, dejando la puerta abierta. Hombre, mujer y gato comenzaron sus llamadas desesperadas y espeluznantes. El niño se dirigió hacia el espejo y, más curioso que una urraca, lo tocó, siendo succionado también. El cuarteto emparedado, fuera de sí, comenzó su espantosa murga de golpes y llamadas.  Pero quiso la casualidad que el cuervo del vecino del segundo piso acabara de escaparse; subiera volando escaleras arriba, entrara por la puerta abierta, y comenzara a picotear el espejo con furia, sabiéndose a salvo de los influjos nefastos de los espejos, por representar él mismo a la muerte. Lo hizo añicos en su furor destructor (y es que la muerte odia que "otro" decida por ella).

 Esperó a su amo, que venía corriendo tras él. Era el mismo Poe, que al llegar escuchó de nuevo la cantinela de su fúnebre amigo: " Never more, never more*..."

 Y esta vez sí salieron nítidamente claros los gritos de la pared, haciendo que el atormentado poeta se pusiera a picarla, apareciendo primero la patita negra del gato, el cúal escapó escaleras abajo tras el cuervo.

 La atemorizada pareja decidió mudarse a otra casa. Y la mujer se libró del terrible futuro que le esperaba, y que sólo alguien como Poe, en su más calenturienta imaginación, podría haber imaginado...: ser emparedada por su alcohólico esposo en ese mismo cuarto piso*.

 

 

                                                            ***



*Never more: Nunca más. En el poema de Poe, para los que no lo conocen, el cuervo repite sin cesar esa frase al narrador, que llora la muerte de su amada.

* El gato negro de este cuarto piso es la historia de un alcohólico obsesionado con su gato negro que acaba emparedando a su mujer.