Cuentos bajo la almohada: Un balazo de luz. Este jueves un relato "de cine"

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miércoles, 9 de junio de 2021

Un balazo de luz. Este jueves un relato "de cine"

 

Hoy nos invita Mónica a dejarnos llevar por la inspiración con imágenes de películas de cine. Yo he elegido ésta por su belleza. No sabía que pertenece a la película "El exorcista" 1973, con lo cual mi historia no tiene absolutamente nada que ver.

 Podéis ver más contribuciones en su blog: http://neogeminis.blogspot.com/


UN BALAZO DE LUZ

  

Anduvo toda la tarde por las calles, al azar, hasta que la noche lo engulló como a un pequeño insecto. Apareció aquella niebla fatídica que marcaría su vida con llagas de humo. Primero, deambulaba distraída. Luego, jugó a esconder las cosas con sus manos frías.

 El caminante dejó de reconocer la ciudad. De pronto se paró. No sabía por qué lo hacía, pero sintió ese impulso, fuerte como un grito en el oído. Estaba casi paralizado ante la entrada de una gran mansión. La verja estaba abierta, dejando salir una vaharada de niebla densa como si fuera el aliento de la casa. Un olor intenso a vegetación descontrolada escapaba por los muros. Entre la hierba se insinuaba el bulto fantasmal de un coche viejo, con las ruedas pinchadas.

 Dos de las ventanas estaban iluminadas,  dejando ver una silueta femenina en continuo trasiego. Todo le resultaba intensamente conocido. Sabía que había estado en aquel lugar hacía mucho tiempo. Luchaba por recordar, pero cuanto más se esforzaba más se hundía en una angustiosa incertidumbre.

 Su estampa permanecía impávida, bañada de irrealidad, frente a aquella casa, bajo la luz de una farola que parecía puesta allí para que él buscara en su interior. Era la estatua de la incertidumbre. En su mente se cruzaban chispazos de recuerdos vivaces como renacuajos: el humo de un pitillo sin apagar, difuminando la imagen de un lujoso reloj sostenido por dos ninfas de bronce; música de soul embadurnando de pasión un cuadro de Picasso;  un vestido de terciopelo rojo colgado indolentemente del pomo de una puerta;  una baldosa inclinada, la llama de una vela... Y luego una mujer, clavándose como una dolorosa aguja en su pecho, cuyo rostro era imposible de reproducir. Sólo recordaba unos cabellos rubios. Pendían del borde de la cama, en cascada dorada hacia el suelo.

 Todo acerca de esa noche estaba parcialmente aniquilado, como si por su mente hubiera pasado un tornado. ¿Quién era esa mujer? ¿La amaba? ¿Podría encontrarla de nuevo?

 Sus jefes le dijeron que no regresara nunca a la ciudad. Hacía veinte años de eso. Trabajaba para el gobierno americano, como espía. Le habían borrado un fragmento de su memoria porque guardaba información demasiado peligrosa. Aquella fue su última misión. Le dieron nueva identidad  y una vida diferente en otro país, y no volvieron a tener jamás contacto con él.

 Pero ella, ella… pensaba una y otra vez, como queriendo exprimirle todo el sentido a la palabra. De la ventana superior derecha, vio asomarse una extraña figura femenina, muy alargada, rubia, deformada y vibrando como una llama. Parecía mirarle fijamente. De pronto, de sus ojos salieron dos luces muy intensas que se proyectaron directamente hacia sus ojos, cegándole dolorosamente. Fue como un balazo de luz. Y entonces se vio a sí mismo, desde afuera: contempló una silueta  recortada junto a una farola, que se giraba para mirar por última vez la casa. Un hombre con bombín y una pequeña maleta,  casi petrificado. Supo que era él hacía veinte años. En una de sus manos tenía una pistola, doliéndole como un cepo mordiendo su carne. Y en su recuerdo, unos ojos que le suplicaban.

 El hombre del presente gritó lo que calló el hombre del pasado. A lo lejos ladró un perro con la misma desesperación. Anduvo unos pasos, pero sentía su ser rompiéndose en pedacitos de humo. La figura había desaparecido, y en su lugar una gran lengua de niebla, saliendo de la ventana, lo estaba succionando.

  En el futuro quedaría transformado en un sujeto de sombrero hongo, maletín y una pistola en la mano. Daba igual que trabajara, saliera con sus amigos, o besara a su hijo. Inevitablemente, su conciencia estaba allí, disgregándose, recordando aquellos ojos suplicantes.