Cuentos bajo la almohada: febrero 2022

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sábado, 26 de febrero de 2022

Un roce de manos (estampa lírica)

                                                     ROCE DE MANOS




 

Dibujo:



1

 

Él tenía los ojos verdes y una risa ingenua como una fuente nacida de la roca.
Ella miraba con ojos tímidos, pero portaba una risa de seta silvestre oculta en el bosque de su imaginación.
Cuando lo espiaba desde la última fila de la clase, él notaba en su nuca el susurro  de un chopo moviendo sus hojas.

La maestra la sacó a la pizarra. Ella tartamudeó y sintió la garra de la vergüenza en sus hombros. Pero él la estaba mirando... más allá de su cuerpo tembloroso. Ella pudo notarlo..., y, como una rosa feliz bajo la lluvia, le entregó calladamente la seta de su bosque.

Al salir de clase se buscaron: dos olas cruzándose en la inmensidad del mar.
 

Ojos verdes, ojos tímidos; un roce sutil de manos... y alrededor de ellos el aire toma formas de pájaros azules.  Y un dulce olor a vainilla comienza a hacer nido en sus memorias. 

 

2

 

Ella prepara el café. Ojos calmos, de arrugas tostadas. Manos de hierba. 

Él lo coge de sus dedos con los suyos, temblor de agua vieja. Manos de mar.

Se tocan, se rozan en tibia confianza..., Y aflora entre los dos ese amoroso olor a vainilla... Y una liviana luna comienza a elevarse por el techo del salón. Crecen setas por los sillones, fuentes salen de los espejos, se agitan chopos en la lámpara, escapan las rosas de la tapicería, trinan las ollas...

Y sólo ellos saben por qué, después de cincuenta años, despega el amor ilusionado al menor roce de sus manos.


***

 

Texto: Maite Sánchez Romero  (Volarela)



sábado, 19 de febrero de 2022

Las llamas respiran. Relato breve

                              Fotografía https://www.posterlounge.es/p/722714.html
 


LAS LLAMAS RESPIRAN

  

  Aquella noche miró al cielo sin estrellas cubierto por una tenue y lechosa neblina que pendía como una cortina ajada a merced del viento. Su tienda de campaña lo protegía de la inmensidad sin voz ni ojos de la naturaleza, que sin embargo parecía observarlo y hablarle con labios fríos y mirada salvaje.

  Estaba solo. Palpaba la presencia estática del bosque a su alrededor, los pequeños crujidos de algún ratón de campo buscando comida, el lánguido gemido de una cría de cárabo escondida entre las ramas. Su mente comenzó a imaginar la luna oculta por las nubes, como un desolado cuerpo vacío lleno de cicatrices que rejuvenece en toda su mágica divinidad cuando el sol la mira. Todo era poesía si se observaba con candor. A  todo podía dotar de sentimientos. Los sentimientos que un ser humano va derrochando al pasar; porque sólo era eso: un sencillo hombre hecho de huesos y dolores, de sangre y risas, de emoción y llanto. Y con esos pinceles a cuestas pintaba todo lo que veía. Pero la noche era más. Los seres, el tiempo, la Tierra, los ríos, los caminos… eran más de lo que él interpretaba. Y no era capaz de comprender en realidad nada de ese jeroglífico llamado vida. Se sentía como el pobre escarabajo que aquella mañana trepó indeciso por su bota sin sospechar siquiera la presencia de un gigante a su lado.

  Abrió el paquete de queso y se calentó un vaso de leche. El suave siseo del fuego azul saliendo por el hornillo le trajo a la memoria las palabras de su hija pequeña una tarde de invierno, cuando aún vivía: “¿Papá, las llamas respiran?”

“Sí, hija. Todo está vivo, por eso el fuego respira, y quema, y produce dolor. No debes tocarlo. “

  Pero él lo tocó. Tocó el amor, la unión, la vida, y ahora sangraban sus heridas sin cerrar. Porque era sólo un hombre desamparado ante la fuerza de sus propios sentimientos, y, como una hoja en la corriente fragorosa, sentíase arrastrar, inerme, hacia un mar de tristeza, que lo recibía con sus brazos vastos y ondulantes.

  Cerró el hornillo y se preparó el café. El sonido de su propio cuchillo cortando el pan ponía de manifiesto su gran soledad. Un grillo comenzó a grabar en la tablilla de la noche sus tímidos puntos suspensivos. Miró de nuevo al cielo; un extraño meteorito se abría paso entre el vaporoso velo de nubes. Era casi imperceptible, y sin embargo, antes de borrarse del todo, juró ver en la inmensidad nubosa un rastro luminoso de palabras: 

“Papá, dime: ¿Las llamas respiran?”


***

domingo, 6 de febrero de 2022

El ópalo. Relato para El Tintero de Oro

 



Relatos cuyo principal tema sea un joya.
Más relatos participantes en el Tintero de oro:




                                                                   EL ÓPALO



  La inmortalidad era algo efímero, volátil; en un instante podría desaparecer. Ella era inmortal. Hasta que allí, en mitad de la gente se desplomó. Y la sangre comenzó a manar por todos sus miembros tiñendo la ropa, el suelo y reflejando cárdena asombro en los ojos de los transeúntes. Su conciencia no podía detener su precipitación hacia la muerte. Se daba cuenta de que la joya había rodado por su pantalón. Estaba cerca de su pie izquierdo, pero no tenía fuerzas para cogerla. Treinta segundos antes la mano de un ladrón había arrancado de cuajo la cadena de oro del cuello que sostenía la sagrada piedra junto al pecho de la mujer. La inmortalidad era un regalo efímero; la vida se le concedía, segundo a segundo, a través de aquel ópalo que contenía un arco iris de energía en su interior. Y mientras lo llevase pegado a su piel sería alguien único capaz de saborear la eternidad. Porque aquel mineral majestuoso llegó a su vida poco después de nacer. Abrió los ojos al mundo envuelta en sangre. Todo su cuerpo se negaba a vivir, afectado por una extraña enfermedad que la hacía desangrarse, por fuera y por dentro, lentamente, como si sus tejidos no tuvieran fuerza y al menor movimiento se abrieran y derramaran toda su esencia vital. Al bebé le quedaban unos días de vida, cuando un desconocido se acercó a sus padres, habló largo rato con ellos y  después les dio la joya. La debía llevar siempre colgando a la altura del pecho o moriría. En el momento en que acercó la piedra a la criatura, ésta comenzó a revivir. Sus heridas se cerraban mágicamente, el fluido de la vida pura corría por sus venas, y en sus ojos nacía el grito de la salud perfecta.

  Siempre caminó con miedo entre los otros. A nadie confesó su secreto. Temía perder su joya. Casi se sentía culpable de aquel don. Vería morir a todos, mientras ella seguiría adelante, imparable, como el viaje de los planetas.

  Ahora, en el suelo pero flotando sobre un hilo de pensamientos a punto de romperse, veía gritos sobre ella cayendo como lluvia roja: “Rápido, llamen a una ambulancia”. Le agradaba la caridad. El tiempo no tenía prisas, se había detenido como un tren en una parada. No sentía dolor, misteriosamente. Parecía envuelta en un montón de manos acariciadoras que tiraban dulcemente de ella, no sabía hacia dónde. Un niño se separó de su padre y se arrodilló junto a ella. Lo miraba con ojos de corzo asustado. Estaba perplejo ante el espectáculo. La mujer, desde su cabeza inmóvil, consiguió articular unas palabras: “Al lado de mi pie, la joya, dámela”. Y el niño buscó y encontró la belleza hecha piedra, y lleno de una euforia salvaje y desconocida, se la entregó. Ella la colocó sobre su pecho. Acudieron veloces, de todos los árboles próximos, cientos de pájaros, y en un instante su cuerpo estaba repleto de aves, como si ella misma fuera un eucalipto gigante. Parecían alegres, entusiasmadas. Jugaban, saltaban, piaban a su alrededor y sobre ella. La mujer se incorporó. Tenía adheridas a la piel plumillas y excrementos de pájaros, y una tibia sensación de afecto. Notó la fuerza de la vida ascendiendo hasta su frente. La sangre de su ropa se había secado y pegado a sus miembros debido al gran calor que despedía su cuerpo. El círculo de personas curiosas lanzó una exclamación y aplaudió alegre, llevada por un súbito impulso irracional. Ella se abrió paso entre ellas como un furioso torrente de fuego y corrió hasta desaparecer de sus ojos alucinados. No hubo nadie que no sintiera el abrasador calor unos segundos penetrando, atravesando más bien, sus cuerpos, dejándoles después una bella sensación de celebración. Todos creían haber vivido un sueño y hacían esfuerzos por recordarlo y no despertar.

  Una vez en su casa, acarició la piedra durante horas. No se movía de su silla, junto a la ventana. Meditaba. Ya tenía ciento ochenta años, aunque aparentara treinta. Mirar su ópalo maravilloso era entrar en otro mundo nuevo, inconmensurable; despertaba en ella una creatividad sin límites. Cuántas veces había pensado en lo difícil que era dejar de vivir, de experimentar, de gozar con una salud tan plena.

  Deambuló meditando más de un mes, de aquí para allá. El accidente la había impresionado. Todo su largo pasado desfiló por su mente poblándola de dudas.

  Un día, en la cola del supermercado, dos mujeres charlaban frente a ella, mientras la pequeña niña de una de las dos, desde su sillita, la  miraba fijamente. Contempló la curiosidad más pura con forma de niña. Aquella mente acababa de nacer. Y comenzaba a llenarse.

  Se decidió al fin. Creyó comprender plenamente el sentido de la joya. Se preparó para morir. Temblando, se dirigió a un hospital y entabló conversación con los padres de un bebé muy enfermo, agonizante. Les explicó el milagro de su existencia, y luego depositó en el pecho de la criatura aquel regalo que no le pertenecía, porque como la propia vida, sólo le fue prestado. 

  Mientras ella moría ocultamente, sonriendo, el prodigio de los gorriones entrando por las ventanas, las ovaciones y los aplausos contagiosos se extendían por todo el hospital. El ópalo brillaba y prolongaba su propia eternidad de hombre en hombre. 

  





sábado, 5 de febrero de 2022

Burbujas

 



Pintura de Nicoletta Tomas Caravia


                                                BURBUJAS


La burbuja de Sofía estaba cada día más limpia. Ella se esmeraba en pasarle el plumero cada día; la llenaba de trinos y la aromatizaba con eucalipto y ciprés. Cuando encontró a Magdalena, tristemente reparó en su burbuja llena de remiendos, pálida y cenicienta. De entre el polvo se le escapaban  polillas.

─ Pareces muy triste le dijo.

─ Acabo de romper con Daniel.

Decidieron detenerse a la orilla del mar para hablar. Frente a ellos los paseantes portaban sus burbujas de colores. Uno de ellos la tiró al mar, lleno de furia. Contemplamos la burbuja explotar y formar parte de la espuma, que enseguida se tiñó de rojo. Nos compadecimos enormemente de él.

Un niño llevaba su burbuja atada a una cuerda de plata, como si fuera una cometa. La burbuja reflejaba un velero de velas rosas. Crecía y crecía tanto como la sonrisa de la criatura, que, descalza, chapoteaba en la orilla espantando a una gaviota, cuya burbujita estaba tan nueva como el cielo.

─ No sé cómo reparar mi burbuja. No me queda nada para remendarla. Muy pronto moriré ‒le dijo su amiga.

Al oír esto, Sofía la abrazó, y de su propia burbuja salió una clemátide que se adentró en la de Magdalena. Allí arraigó y comenzó a florecer.

Sofía volvió a casa muy triste. Sintonizó su burbuja con la música de las esferas y se durmió entre sollozos.

Al día siguiente, la gran burbuja del amanecer le trajo miles de pétalos de clemátide que cayeron inundando la calle. Era el adiós de Magdalena.

Notó cómo su burbuja se volvió densa como una montaña; su corazón no podía contenerla y ella apenas podía caminar.

Abrió la ventana más alta de su burbuja, la que miraba al cielo; y vertió por ahí todas sus lágrimas hasta volverse tan ligera que ascendió, siempre en su brillante esfera, hacia su amiga.

***