Cuentos bajo la almohada: julio 2022

El Menhir de la soledad



                                 


                       

Basada en la idea de uno de los tipos de encuentro que nos propone Mónica, pongo a última hora este texto que tenía, reeditado para esta edición. En su blog podréis leer todas las participaciones: 

Neogéminis. El extraño mundo de Neo


                                                                

                                                             EL MENHIR DE SOLEDAD


                                                                       

                                                                      (Dedicado a Antonio Porpetta, poeta al que admiro)


  

Hacía mucho tiempo que él no estaba allí.

  Le pasaban informes, manaba el café y un rayo de sol se deslizaba por los folios a la misma hora cada día. Se esparcían por el aire, como polvo flotante, las palabras de la gente: “buenos días”, “hasta mañana”, “¡Vaya frío!". Todo pasaba sobre él sin dejar la menor huella: los etcéteras de la vida, los puntos suspensivos, las comas, las exclamaciones, los colores de aquel tren metálico con sus humanos interrogantes dormidos. Llevaban, muy serios, sus maletines, sus bolsos, su importancia, y sus preocupaciones como papeles arrugados.  No podía sentir todo aquello. Sí, "aquello" era la palabra; él estaba tan lejos...; se hallaba en lo alto de una gran roca, en mitad del mar.

 Al encender el ordenador, oía una gaviota pasando rasante sobre su cabeza. Al apagarlo, la luna dejaba caer una lágrima fría sobre su cuerpo desnudo y aterido. Tenía miedo sobre aquella roca, pero no podía bajarse de ella. Era una altísima roca, estrecha, sobre la que estaba de pie, fijado como un liquen; envejeciendo ante la mirada inmisericorde de las nubes. Condenado a la soledad.

  Las olas azotaban la base de su anacrónico menhir; el silencio se le iba introduciendo en el cuerpo hasta llenar sus venas con la angustia de la espuma que se dejaba morir allá abajo.

  Hacía tiempo que tenía esa visión superpuesta allá donde ponía sus ojos. Estaba clavada en su interior como una realidad paralela, como una sombra que le seguía. Vívida, real, le arañaba la vista y el alma. Y aún empeoró más cuando, en una reunión de trabajo, contempló un inmenso mar lleno de menhires como el suyo. Y en cada uno de ellos había de pie un hombre, una mujer, un niño, un perro, incluso una oveja con los ojos asustados… Era terrible, porque ninguno, allá arriba,  lograba moverse más de un palmo sobre la piedra. Algunos gritaban, otros dormían erguidos, otros rezaban, o soñaban o emitían desamparadas melodías como granos de polen sin destino. Eran... los solitarios engendrados por la vida. Ninguno miraba al otro, sabían que era imposible comunicarse entre sí, ya que un viento estruendoso de lamentos los envolvía cada vez que hablaban.

 Al terminar aquella reunión, llegó de noche a su casa, tan vacía y muerta como siempre. Miró por la ventana una calle sin vehículos, desierta y amarilleada por farolas apocadas. El ruido del motor de la nevera roía monótonamente el silencio. A través de la pared pudo escuchar tintineo de cubiertos, toses, gritos de niños, risas y palabras locuaces y entusiastas que se cruzaban entre sí. Las imaginaba cayendo como nieve dulce sobre un mantel recién puesto. Aquellas voces parecían venir amortiguadas por miles de kilómetros de tierra, de cemento, de murallas, de desiertos… Vida, lo llamaban, fluyendo por sus cauces naturales, impasible y exuberante. Desde que le seguía aquella visión de los menhires, su sangre, sus movimientos, sus pulsaciones se volvían más y más terrosos, hasta el punto de que temía petrificarse para siempre, haciéndose uno en aquel cuadro desolador.

  Errático en su sentir, se le ocurrió bajar a pasear. Comenzó a caerle una fina lluvia, serena y tímida. Sonrió. Se adhería a su piel como se adhería a las farolas o a los árboles;  sin dueño, indiferente. Sin saber porqué, llevado por una fuerza ciega como la misma lluvia, se arrodilló sobre un charco. Vio las gotitas hundirse en el agua y dibujar ondas que se expandían hasta desaparecer. Allí se dejó caer, llorando como nunca lo había hecho, hasta quedarse dormido.

 Al amanecer, abrió los ojos. Un perfume fuerte, rancio, plomizo, lo despertó. Le miraban unos ojos apagados y casi desaparecidos bajo la tiranía de unas pestañas falsas. Le hablaron unos labios manchados de carmín dibujados sobre un cutis agrietado, untado de crema y tristeza.

La mujer lo levantó. Penetró en los ojos de él tras mirarlo largamente como el que reconoce a un hermano. Rozó su mano sin querer, notando que era casi de piedra, como la suya.

  Cuando él emitió la primera palabra, ella sintió una leve conmoción en su corazón, una tibia ternura de río que encuentra a otro río y se fusiona con él.

  Sin darse cuenta, los dos habían conseguido saltar al mar desde su altísimo menhir.


La trampa del reloj

 Esta historia la hice para la propuesta juevera de Mónica:

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                                                        LA TRAMPA DEL RELOJ


“Sólo le dan de vida hasta los siete años”. Escuché que le decía mi padre a mi madre cuando era pequeña y sólo tenía cuatro. No saben que yo lo oí. Y ahora tengo siete años menos un día. Y mucho miedo porque mañana moriré; estoy deseando encontrarme con un reloj capaz de frenar el tiempo.

Salgo, a ver si por casualidad encuentro algo (¡oh, sí!, por favor, por favor...). Dice mi padre que la fe mueve montañas; o sea, que puedes conseguir lo que quieras.

Las palomas hoy no me piden pan. Una allí se ha acomodado sobre una trampilla de hierro. Vaya un lugar extravagante se ha buscado... Debe de ser que no tiene un nido para empollar… Voy a ver.

Qué raro. Esta trampilla tiene ¡la forma de un reloj! La levanto, huele bien, a azahares. Se oye lluvia allá abajo. No voy a entrar. Da yuyu... Mañana moriré. ¿Y por qué no pasas, so tonta? No hay nada que perder.

Vale. Qué fácil es abrirla…

Bajo siguiendo una escalera oxidada, vertical. Miro hacia arriba y me veo a mí misma, duplicada, asomada a la trampilla... ¿mirándome? ¡Qué susto! Pero parece una foto; no se mueve... Es muy raro...

Todo está oscuro, me gusta el sonido de la lluvia, me recuerda a mi padre. Bajaré, qué más da. Mañana voy a morir. Sigo.

Ahora el agujero se hace ancho y me asomo a una ventana de color rosa. Hay una gran habitación. Mamá está ahí… ¡conmigo!, ¡yo soy el bebé! Me da el pecho. Tiro del pelo de mi madre con fuerza. Pero parece un telón, todo cae y se deshace en polvo de colores, desaparece… Ahora es distinto. Veo otra escena. Es como si fuera una película de mí misma... Soy muy anciana; sé que soy yo; me siento. Vuelvo a estar enferma. Un hombre me besa en las manos. Llora. Es mi hijo. Se llama Chopin. Me gusta la casa en la que me encuentro, llena de velas, muebles raros. Qué felicidad… En todo hay ternura y música. Me gusta mucho. Quisiera quedarme. La anciana me ha visto y se ha asustado mucho; yo le digo que no corra la cortina, porque saldrá otra escena, lo intuyo. Pero lo hace; no puede oírme, mi voz son notas musicales. Otra vez se llena todo de polvos de colores y cuando el último toca el suelo se abre una nueva imagen; ahora soy mucho más joven. Estoy  en una playa preciosa junto a un hombre que me alza por la cintura hacia el cielo... Qué bien me siento.  Nunca había experimentado esas cosquillas. Estoy ilusionada. ¿Será amor? Ahora me acaricia la mejilla, muy despacio. Pero entonces sus dedos empiezan a deshacerse, y de nuevo todo se transforma en ese polvo, yo, él, las olas... No quiero mirar más. Voy a seguir bajando escaleras.

 No tengo miedo. Me encanta ir hacia atrás. Se abren más y más ventanas según bajo. Algunas no me gustan nada, como aquella en que grito mucho, acostada entre vacas, mientras me sale un bebé por... ¡O esa otra donde me cortan la cabeza! Sigo… He llegado a una cueva donde me encanta pintar bisontes. Qué vergüenza... no llevo ropa. ¿Por qué todos mis nombres empezaban por la A? Por cierto, me llamo Ana. No sé con quién hablo, pero quiero pensar que no hablo sola. Quiero... Sí. Además, hablar mantiene mi fe.

He pasado todo el día en este agujero tan profundo. Quedan diez minutos para que sea mañana. ¿Se va a morir aquella de la fotografía? Yo me quedo por aquí, explorando, por si acaso.

 Miro para abajo, y la escalera no parece acabar nunca. Ya he bajado veintisiete plantas más; he sido una australopithecus afarensis, una ardipithecus rámidos; y también he sido caballo, canguro, cabra, correlimos, cuervo, culebra, cucaracha, ciempiés, cocotero, cactus, cobre, cinabrio, CO2... (¿por qué cambiarían mis nombres por la C?)

Ya es el día siguiente según mi reloj de pulsera. Debería estar muerta, pero aquí, en el pasado sigo viva. ¡Anda!, hay una ventana que antes no estaba. ¡Agh...! tiene una cagada fresca de pájaro en el cristal... A través de ella veo a una niña (¡Yo, que acabo de cumplir 7 años, claro!) ¡Y no me he muerto! ¿Era un error de los médicos? ¡Con el terror que he pasado todos estos años a que llegara ese día! Estoy buscando la trampilla que vi el día anterior. No la encuentro. No hay rejilla con forma de reloj, ni paloma acostada, ni nada. Llega por detrás mi madre. Me abraza y me besa alegre, y sigue conmigo por el paseo. Ahora van a casa de la abuela… Oigo lluvia, lluvia bonita allá arriba...

Y no se ve nada más… Todo lo tapa la lluvia.

Quiero volver al futuro.

Cuánto he bajado... Y la escalera sigue y sigue hacia el infinito... Miro hacia arriba. Está muy oscuro. La trampilla de arriba no se ve, ¿se habrá cerrado?, ¿he caído en una trampa del tiempo?

Oigo lluvia, mucha. Qué miedo. Quiero ir al futuro, por favor, por favor... Las gotas me recuerdan a la voz de mi padre; me serenan. Él dice que la fe mueve montañas. Si entré aquí para no morir (y de hecho lo he conseguido; no me he muerto), ¿por qué no voy a salir también? Sí, saldré, saldré, la fe mueve montañas. Bajaré un poco más. Mira, Ana, otro reloj igual que el primero, pero oxidado. Está clavado en la tierra roja que se ve a través de esta nueva ventana. Es un desierto marciano. Pasa a ver, no tengas miedo. Nunca te has atrevido a atravesar una de esas ventanas. Sólo has sido espectadora de ti misma. Es hora de que actúes. Ábrelo a ver. ¿Y si no puedo volver y me quedo en Marte para siempre?

Llueve serenamente. Me habla mi padre. Confía...

Paso, me he clavado una astilla del marco. Aquí me siento muy ligera y hace un frío mortal. Abro la tapa del reloj sin problema. Chirría. Veo todo muy negro, ¡pero huele muy bien, a flores de azahar!; y al fondo hay una paloma pequeña, reposando en una rejilla, muy, muy lejos... ¡Es ella!

Me tiro.


***